La ciudad de las naranjas dulces
Publicado en revista MOCHA, presente
¿Has visto esas maquinas exprimidoras de naranjas que hay en los restaurantes? Hay una en la Fuente Alemana, en el Dominó del Mall y creo que una vez vi una en un Servicentro de esos bien cuicos. Tienen una especie de embudos por donde se meten las naranjas, pasan por unos tubos transparentes y luego caen a una especie de prensas, que las exprimen, ahí frente a todos los clientes… es una masacre naranjística. Pasan decenas de apetitosas frutas, pero solo caen un par de gotas de jugo… en fin. Estaba en un restaurante, mirando esa maquina semi industrial exprimidora de naranjas, cuando lo entendí: ¡Conce está colapsado! Sí, la gente -igual que esas naranjas- transita casi sin poder avanzar, por las estrechas calles de una ciudad que se ha hecho pequeña. A media tarde el paseo peatonal es un ducto angosto y asfixiante. Más ahora, con todas esas construcciones invadiendo el espacio. Desde Tucapel hasta Colo Colo todo es: ¡Permiso, permiso!, ¡disculpe!, ¡fijaté po!, ¡ten ma’ cuidado!… puro estrés. Y en la micro ni hablar, comprimidos, apretujados, rogando porque alguien se baje y te dé el asiento. Oliendo el sacrificio corporal de todo un día de trabajo, de los más de 40 compañeros de viaje. Hipnotizados por el reguetón de turno, con la mirada perdida imaginado un plato de comida, llegamos finalmente a casa. Pero tarde, casi de noche, exprimidos, secos, como cáscaras de naranjas.
En los tres meses que no estuve, esta ciudad cambió mucho. Todos dicen que estoy santaguinizada, pero te juro que no es eso. Es simplemente, que estoy viendo desde otro ángulo. Es como cuando miras mucho un objeto y de pronto ya no lo observas bien, desaparece la visión global del elemento y solo vez una parte. Pero si cierras los ojos un rato o miras hacia otro lado y luego vuelves a mirar, entonces el objeto aparece de nuevo. ¿Entiendes a que me refiero? Como estuve afuera, los cambios son más evidentes para mí. Y te aseguro que Conce esta colapsado. Te doy un ejemplo:
Fui a la fiesta mechona de la U. (sí, a ver a La Noche… lo reconozco) Era en el Suractivo y no te explico como estaba de lleno. Entrar ya era una proeza. Todos estaban haciendo la previa en sus autos (probablemente de sus padres) y es que una promo o un caño, ayudarían a soportar la fila de kilómetros, que se formaba en el acceso principal. Por suerte, el corte de entradas andaba rápido, al parecer no había mucho control sobre las legales y las falsas (he ahí el problema). Adentro el lugar estaba repleto, repletísimo. El hall era un denso mar de pokemones, ¡no! una arena movediza de pokemones, la más densa y peligrosa arena movediza que pudieses imaginar. Avanzar era casi imposible. Te juro que en un momento pensé que me desmayaría, pero luego reflexioné en lo dramático que sería para mis amigos, que insistieron en que los acompañara, así que seguí cual Indiana Jones, hasta el sector principal, donde se suponía que tocaba La Noche.
¡Te mueres lo lleno que estaba! Ni con binoculares podría haber visto el movimiento sexi de Leo Rey, menos sus rulos. ¿El baño? Já! No era una fila, ni un tumulto, era una masa compacta alrededor de una puerta diminuta. Por eso los hombres meaban en el patio, a vista y paciencia de las cientos de personas que escapaban de la asfixia, sentados en el cemento helado. Pero nada de eso fue lo peor.
Ni siquiera había comenzado el Show y llegaron un grupo de amigos alegando que los pacos les habían pegado, que afuera estaba la cagá, como 300 personas presionando por entrar, por que habían cerrado las puertas y que al “Toro Álvarez” lo habían metido a la cuca en medio del enredo. ¡Nooo, la gente presionando para entrar y nosotros adentro apenas tenemos aire! Aquí sí que voy a morir aplastada. Y ni siquiera es Radiohead… es ¡La Noche!. Estaba entrando en pánico.
El problema se solucionó, no sé cómo. La verdad es que bailando al ritmo del reggaeton y dancehall de Shamanes (que teloneban), se me olvidó el asunto y por suerte no me dieron ganas de hacer pis. Después vi al Toro coreando “una, otra y otra vez, a escondidas devoráramos de placer…”, medio moreteado, pero vivo. El asunto es que el Suractivo es el centro de eventos más grande Conce y siempre se llena (según me contaron, al día siguiente pasó algo similar, en la fiesta de la UdeC.) somos más de 70 mil estudiantes y no hay un lugar donde hacer una fiesta.
Y esto es un ejemplo burdo. Piensa en las inundaciones de cada año, las colas para todo, los tacos interminables en la rotonda del mall, en el acceso a San Pedro, en Carrera… en fin. Me parece que esta ciudad no tiene planificación. Me parece que esta ciudad es como una tripa de paté que está siendo apretada por alguien muy fuerte... apretada hasta que se abran pequeños agujeros por donde salga el embutido o simplemente explote (¡guaac!). Yo creo que nosotros, como buen embutido dentro un paté, estamos tratando de buscar esos agujeros por donde escapar, espacios nuevos, populares y a la vez secretos, donde reunirnos a conversar, a hablar de la vida, de la política, del arte, a escuchar música o bailar, a fumar algo y dejar que la creatividad haga lo suyo. Para que, después de todo, salga un buen jugo de estas dulces naranjas.
P.D.: Estoy segura de que alguien (tal vez marxista) me dirá: pero que el jugo no se lo tomen los mismos de siempre. Estoy de acuerdo, cuánto me gustaría que pudiésemos disfrutar el resultado de nuestro esfuerzo. Construir Conce como soñamos, no como dicta el mercado. Tomarnos la ciudad.
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