He vuelto a escribir

Tenía 19 años y escribía sobre sexo. Yo no sabía mucho sobre sexo ni sobre escribir, tampoco tenía tanto sexo, más bien hablaba sobre lo que me contaban y lo que veía. Mi columna se llamaba “Suerte de Principiante”. Yo era principiante en todo, aún lo soy, salvo en el sexo, que es en lo único en lo que realmente -secretamente- me he entrenado… tampoco tanto, ni tan en secreto. Comencé a escribirla para un intento de fanzine de la universidad en la estudiaba, pero me censuraron un párrafo en el que contaba que había despertado en una cama desconocida después de las ramadas de la Universidad del Bío Bío. Seguro no era un buen ejemplo, sobre todo para una universidad católica, pero era una experiencia cierta, no mía, pero de varias personas estudiantes, trabajadores de clase media del año 2003. En ese tiempo las ramadas de la UBB eran una ruleta rusa, algo así como el Takanakuy penquista. Qué estabas tomando realmente, era una verdad inalcanzable, no podías predecir el momento exacto en que perderías la consciencia. El carrete era prácticamente todas las aventuras ocurridas en el trayecto al baño. A cierta hora parecíamos flotar llevadas por la masa de gente pegada por una sustancia espesa y oscura, mezcla de humo de cigarros sueltos, caños chilensis, choripanes, hedor a piscola vomitada, candola y un liquido blanco y alcohólico al que llamaban chimbombo. Llegabas con 10 amigos y sabias que con suerte terminarías sólo con una o uno, el resto se perdía camino algún lado. El fin máximo era encontrarse entre el vaho y las filas con alguien que te gustara y si las sincronías permitían que a esa hora ambos estuvieran en el mismo escalón de ebriedad podrían coincidir en un pseudo polvo en alguna esquina oscura que con ayuda del alcohol pudiera parecer sola. Maldita ciudad húmeda y sucia, jamás me regalaste una cacha calurosa de amanecida en algún acantilado ni un tibio atardecer en una azotea, jamás me diste glamour y romanticismo. Por eso Concepción dependes inexorablemente de los moteles. En la Udec se estilaba el "Mil Hojas" y en la UBB Jamaica. Eran otros tiempos, al menos para mi. A raíz de la censura y de mi referencia a la UBB me invitaron a escribir para un periódico de esa Universidad. Luego dejé de escribir sobre sexo y comencé a escribir sobre otras cosas más “importantes” y más “serias” como política. Aunque política y sexo siempre estuvieron relacionadas para mi, el sexo no parecía algo serio (o no públicamente), no era algo importante (o no públicamente), porque la bio-política aun nos parecía lejana e incomprensible; y por lo demás el sexo generaba ciertas suspicacias e inseguridades en un hombre penquista, que una buena aspirante a buena mujer quería evitar. Yo aspiraba ser una buena mujer, de acuerdo a lo que entendía como mujer el año 2003. Entonces, por algo así como “respeto” a mi pololo, evité seguir hablando públicamente de sexo. Eran otros tiempos. "Feminismo" y "Anarquía" eran palabras prohibidas, como “candyman", si las decías tres veces seguidas seguro aparecía algún sapo, paco, encapuchado, ultrón, amarillo, rati u otro temido estereotipo de la época. Conflicto chileno-mapuche era otro tema tabú. Gratuidad no existía en el diccionario, lo más cercano era "arancel diferenciado" y sólo lo nombraban los comunistas o los estudiantes de arte. En mi universidad peleábamos por atención ginecológica y un candidato de la Udec ofrecía condones gratis. Necesitábamos becas y créditos, aunque urgía frenar el CAE, pero nos metieron el golazo de las acreditaciones y la maquina se instaló como un yunque. Hasta que unos seres más libres, más abiertos, más descontaminados que nosotros, contraatacaron de improviso con descomunal fuerza: Los Pingüinos. Como Carlos Pinto decía y sigue diciendo “Nada hacía presagiar” que los años de aprendizaje y lucha, que exitosamente lograron instalar el tema en la agenda gubernamental, terminarían así: con insípidas e inentendibles reformas. En tanto, yo me fui, viajé, vagué, estudié, trabajé, actué, follé, amé, lloré, aprendí (no en ese orden necesariamente) y volví. Sí, volví a la ciudad del barro y el río. Donde la ropa se quema antes de secarse y ningún pronóstico puede ayudarte a escoger las prendas adecuada para el día. Volví a la ciudad dónde todos de alguna forma han compartido saliva, dónde los hombre son especial y peligrosamente inseguros; y el sexo sigue siendo un tabú. Y ahora, vuelvo también a escribir.

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