Brigadas Muralistas: Colores que derriban muros
En dos de las poblaciones más vulnerables de Concepción y Chiguayante, los niños se han revelado a su entorno gris a punta de color y pinceles. Quieren cambiar ese desolador panorama con murales, pero también visibilizar los ghettos de pobreza en los que viven y sobreviven.
Las bellas casas del barrio universitario de Concepción -uno de los más ricos cultural y arquitectónicamente en el país- esconde a sus espaldas una población con más de 50 años de existencia: La Agüita de la Perdiz. El contraste asombra. A pasos de la universidad y en medio de verdes cerros, lo que alguna vez fue tierra hoy es cemento y tanto los basureros como los espacios públicos son personajes ausentes. Eso sin contar los derrumbes provocados por las lluvias invernales que obligan a construir cada día un nuevo muro. Un cerco gris que opaca el deteriorado paisaje y cuyo avance no está dispuesto a permitir un grupo de 15 niños -entre 9 y 13 años- de la población. ¿Sus herramientas? Colores, pinceles, imaginación y las panderetas como su tela en blanco.
Se trata de la brigada muralista Los Indecisos. Un nombre que nada tiene que ver con que no sepan aterrizar sus ideas, sino con la práctica común de tomar todas las decisiones en conjunto. Y aunque es un proceso largo, los resultados han sido fantásticos, dice Vania Caro, una de las gestoras del colectivo y profesora del taller. "Si hasta el desayuno es colaborativo. Cada uno pone 100 pesos y entre todos deciden que galletas y jugos comprar", dice.
A una hora de la Agüita, a orillas del río Biobío, el arte de pintar murales -toda una institución en la Región del Bíobio (ver recuadro)- también ha cautivado a los niños de la población La Leonera, de Chighuayante. Allí es la pobreza y el hacinamiento en los bloques (de no más de 32 metros cuadrados) lo que obliga a los pequeños a deambular por las calles. No tienen espacios públicos ni entretención. Por eso un tarro de pintura y una brocha se han transformado en todo un mundo para ellos gracias al trabajo de la Unidad Muralista de Chiguayante (UMCh), otra organización que usa las paredes como medio de expresión.
Se trata de un grupo de seis personas que viven en una población cercana a La Leonera, y que hace dos años decidieron instalarse ahí para hermosearla. Si bien ellos invitan a la gente a pintar, también dejan que los pobladores y los niños se sumen a su trabajo espontáneamente. Eso sin contar los talleres que ofrecen a los más pequeños.
Abre la muralla
A fines del 2007, Vania Caro y Diego Hernández comenzaron a gestar un taller de muralismo al que más tarde se unió Pamela González y Emmanuel Velásquez. Su fin: que los niños de la población La Agüita de la Perdiz se unieran a una de las expresiones artísticas populares con más historia en la región.
La puesta en marcha no fue fácil. Muchos padres no querían que sus hijos participaran de la brigada, pues "creían que iban a andar rayando paredes", lo que además asociaban con delincuencia: un temor latente en esta población estigmatizada por la drogadicción y pobreza.
Cuando los convencieron, el trabajo se volcó a los niños, que en un principio eran "inquietos y violentos", pero que ahora "saben escucharse y respetarse", afirma la profesora. A eso se ha sumado la falta de un espacio físico para hacer los talleres. El jardín infantil Los Sobrinitos les prestó una sala, pero no podían manchar y tenían muchas distracciones. Luego los dejaron reunirse en el centro cultural de la población, pero en invierno se goteaba. Ahora luchan con el abrazante sol veraniego juntándose lo más temprano posible. Con todo, los niños se las arreglan para estar siempre allí.
En Chiguayante la historia es similar. Ocupaban una sede que demolieron y en otras les cobraban. Finamente dieron con una ONG que les presta un sitio. Allí realizan talleres de artesanía y xilografía en los que participan 40 niños.
Escuchar a los niños
En "La Agüita" trabajan con dos metodologías: educación popular, que les da espacio para valorar los conocimientos que tienen los niños, y la ciudad educadora, que les permite aprovechar el entorno como fuente de información y sentirse pertenecientes al barrio.
En ese contexto, han realizado trabajos con otras brigadas, como la Ramona Parra, a la que acompañaron a pintar a Cañete: un encuentro que culminó con un chapuzón en el lago Lanalhue.
La brigada de Chiguayante no se queda atrás. Ha recibido apoyo de La Unidad Muralista Luchador Ernesto Miranda (Umlem) que les enseñó una técnica que les acomoda para pintar, aunque dicen estar en busca de su propia identidad: un estilo que represente la individualidad de su pueblo, esa columna vecina al río donde la segregación es voraz.
Por eso Cristián Flores, brigadista, dice que aunque llevan dos años trabajando en La Leonera "no nos queremos ir, porque la realidad es muy brígida ahí".
En La Agüita, en tanto, la autogestión se impone y cada vez logran más cosas.
Camilo (13) sueña en voz alta: quiere pintar un muro importante de Concepción. Mientras tanto se alegra con embellecer su entorno y aportar al fin de las brigadas: visibilizar la dura realidad de sus olvidadas poblaciones.
Comentarios
Publicar un comentario